lunes, 16 de mayo de 2011

el sabor de lo impalpable

Todos estos despreciables rasgos,
pedazos rotos, trizados, esparcidos en tu espacio. Tu sangre el pegamento.



Cierto, hace rato que es 1984,
y, desde entonces, que no avanza el tiempo, sino,
como maquinaria-mente,
como siguiendo pasos precisos, cortos, calculados,
porque así lo convinieron, lo convenimos.



Prepotencia solapada en esta especie endémica.



Observo, y miro,
sobre todo
,
cuando tus ojos lo reflejan,
toda esta podredumbre que me/nos conforma, y no me/nos conforma.


Atrapados,
es posible lograr ver algo
en la hendidura:
lo dionisíaco.

Todo lo que perdimos inmolando a esos niños
en nuestro interior, este juego no me está gustando.

Y me pierdo, Temo, y ya no es como antes, como cuando no había capa que nos cubriera. Somos cada vez más pequeños. ¿Cómo mierda me quito esto, si cada palabra que pronuncio está repleta de ella, esa puta, ese demonio?.

Entregar-se frágil,
contemplar como brota la sangre de la herida,
descubrir que lo que duele en el centro, es tan profundo, es tan inmensa-mente abismal,
extasiarse
en el uni-verso, versos paralelos.

Extrañas maneras de ser, de no ser.
Sentir el senti-miento,
evadir des-truir,
llorar, destilar, fluir.

Cal-mar.
seguir.

Más abajo hay peces, murciélagos y zorros que usted si desea puede alimentar

y eso nomás hay.