sábado, 20 de febrero de 2010

El Paseo Vespertino.

-¿Qué es esto?- dijo un hombrecito que caminando por la acera, tropezó con un nido lleno de huevos abortados. Se quedó un momento con la mirada perdida, luego cruzó la calle y entró a un bar y le pidió al mesero una copa de coñac. Le trajeron la copa y el hombrecito la guardó en su bolsillo, y salió del bar, sin antes dejar los zapatos en la entrada del local. La copa la dejó en una banca, unas cuadras más al sur del bar y siguió caminando, hasta que llegó a un puente, donde estaba una señora que le sonrío.Él le devolvió la sonrisa, pero le faltaban dientes. La señora le depositó una moneda de cien pesos en el bolsillo, el hizo una pequeña reverencia, quitándose el sombrero y siguió marchando. Se pasó el pañuelo por los lagrimales, porque los tenía empañados dizque con el calor. Al atardecer, se allegó a una banquita que tenía el tablero de ajedrez apenas visible por el paso del tiempo, así como esas manchitas, lunares desbordados o quizás, pecas que comenzó hace años a notar en sus cansadas manos. Millares de veces se sentó allí, en otros períodos de su vida, compartiendo, en ese entonces, con los amigos que pasaron agosto, largas jugadas de ajedrez. Se dedicaba ahora solo, a observar el mundo con sus pequeños ojos grises. Pasaron las aguas del cielo varias veces, el sol circunvaló la bóveda otras tantas, millares de pasos, pies caminaron, corrieron y avanzaron, las hojas cayeron amarillas y derrotadas al suelo otro par de veces, y el hombrecito cansado, en su asiento de piedra, se fue deshaciendo con el viento, en partículas de ceniza desparramadas en el tiempo.

Más abajo hay peces, murciélagos y zorros que usted si desea puede alimentar

y eso nomás hay.