viernes, 28 de agosto de 2009

Declaraciones de un irreversible deceso

Hecho de menos el color que empapaba
nuestro nacimiento
,

extraña la sensación
que habitaba mi esternón.

El silencio me mordía las orejas
mientras mis pupilas
te observaban atentas.


Tú, dormido entre las piedras de mi arroyo,
y el viento suspirando
un crepitar de hojas sin secar.

El miedo arrasó

con los trocitos de
esperanza y los vidrios rotos
aún están bajo mis pies.


Un dolor tibio se tropieza con mi tráquea
y mis manos se escabullen entre tus

cabellos secos.

Un beso en tu mejilla se escapa de mis
labios y tú como un niño pequeño lo recibe sin miramientos.


El sol calienta levemente nuestras caras, y la brisa fresca lo esparce
por el paisaje.

Y Nuevamente regresa el silencio...

Más abajo hay peces, murciélagos y zorros que usted si desea puede alimentar

y eso nomás hay.